La Muerte Del Último Poeta

La Revoltosa
Por La Revoltosa diciembre 1, 2017 08:30

El frío hace mella en mi rostro y mis manos, por fin a llegado el invierno, algunos comercios se apresuran a colgar luce navideñas aun cuando hay semanas por delante, supongo que el capitalismo voraz ha calado en nosotros. Observo a la gente pasar, supongo que mis piernas y mi mente necesitaban un descanso y me posado en este banco como un ser ausente, como un observador ajeno a la realidad, como si fuera una cámara de video vigilancia humana, mirando y anotando mentalmente cada detalle, tras horas de observación y de esperarte confirmo la noticia, el último poeta ha muerto.

La poesía vive a través de los poetas, son los creadores y ensalzadores de la misma, los emisarios del mensaje bello que fluye en palabras, a veces simples como el mecanismo de un botijo, en otras complejos como el más cruel de los laberintos, paladines del amor o portadores de tristeza, en una constante lucha sentimental que siempre acaba de algún modo extremista, o en felicidad plena o en trágica muerte. Por desgracia la sociedad nos ha impulsado a la marginación social, al ostracismo, empujado a emparejarnos en cada baile con la soledad más profunda, los poetas ya no vendemos y como producto descatalogado solo quedamos a expensas de coleccionistas o de nostálgicos.
 
La noticia no parece causar mucho impacto en el núcleo social más cercano, aquella señora seguirá llevando sus compras en bolsas de plástico hacia su casa, sin saber que delante de ella ha caído el último de los escritores en verso, esa pareja juvenil seguirá forzando su amor en un apretón de manos tímido e inútil, intentando agarrar con la fuerza física algo que el sentimiento dejó marchar hace tiempo, supongo que la comodidad llega a ejercer más presión que la felicidad, aquel tipo seguirá buscando con la mirada un cuerpo femenino que devorar con la vista, se imaginará alguna escena subida de tono y temperatura, con el frío que nos rodea no le culpo. Todos, absolutamente todos seguirán con sus vidas mientras en ese banco abandonado de la calle, la última persona que recuerda la rima, desfallece.
 
El entierro es soez, rápido, sin mucha dilación, abandona la idea del amor romántico con tal rapidez como vino la primera vez, aquella chica de clase que no necesitaba maquillaje para estar perfecta y que le rompió el corazón con el primer tipo duro que se encontró, pasa por todos los amores posibles e imposibles que ha vivido, aquellos que arrastra años, otros que duraron segundos, los repasa uno a uno, supongo que es su extremaunción personal, se despide de sus principios, con la última oda rápida que se le ocurre, saca su móvil del bolsillo con mano temblorosa, quizás los nervios, lo más probable que el frío, pulsa sobre esa aplicación para conocer personas de nombre tímbrico, se la ha recomendado un amigo, es curioso como con un solo «click» un gesto de dedo, algo tan sencillo como eso llega a matar al último de los poetas.

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